Description
The Queen Is Dead es probablemente el disco de The Smiths donde mejor se cruzan sus dos caras: la melodía pop de Johnny Marr y la mezcla de ironía, romanticismo frustrado y desencanto de Morrissey. Es un álbum de 1986 que suena elegante y bastante áspero al mismo tiempo, con guitarras llenas de detalles pero sin convertirlas en exhibición.
La apertura con “The Queen Is Dead” ya marca el tono. Guitarras nerviosas, cambios de dinámica y una letra que mezcla crítica social, humor negro y rechazo de la identidad británica más institucional. No es un disco político en sentido convencional; Morrissey utiliza más bien la burla, el aislamiento y la incomodidad para hablar de una sociedad en la que sus personajes parecen no encontrar demasiado sitio.
“Frankly, Mr. Shankly” lleva esa ironía hacia la propia industria musical, mientras que “I Know It’s Over” abandona prácticamente cualquier distancia y se convierte en una canción sobre soledad y desesperanza. Es uno de los contrastes que mejor funcionan en el álbum: pasar de la caricatura a algo mucho más íntimo sin que el conjunto se rompa.
Johnny Marr es fundamental para que todo esto no termine convertido en una colección de canciones depresivas. En “Cemetry Gates”, “Bigmouth Strikes Again” o “The Boy with the Thorn in His Side”, las guitarras son luminosas, rápidas y melódicas. Hay jangle, rock británico de los sesenta y bastante trabajo de arreglos, pero casi nunca parecen adornos. Las guitarras construyen el carácter de las canciones.
“Never Had No One Ever” y “Some Girls Are Bigger Than Others” muestran también dos extremos bastante distintos. La primera es lenta, oscura y obsesiva; la segunda funciona casi como una pequeña broma musical después de toda la carga emocional anterior. Ese sentido del humor seco aparece constantemente y evita que el disco quede atrapado en su propio dramatismo.
En “There Is a Light That Never Goes Out” aparece la canción que probablemente mejor resume la fórmula de The Smiths. Una melodía tremendamente accesible, una interpretación vocal contenida y una letra que convierte una fantasía bastante triste en algo casi romántico. El resultado es extraño: la canción puede sonar luminosa incluso cuando habla de muerte, dependencia y aislamiento.
La producción mantiene bastante espacio entre los instrumentos y permite que Marr sea protagonista sin que la banda pierda contundencia. El bajo de Andy Rourke aporta buena parte del movimiento y Mike Joyce mantiene las canciones firmes sin llamar demasiado la atención. Es un disco de guitarras, pero la sección rítmica tiene bastante que ver con que las canciones no se vuelvan estáticas.
The Queen Is Dead también tiene sus excesos. Morrissey puede resultar insistente cuando el personaje de outsider se convierte en el centro absoluto de todo, y algunas de sus provocaciones envejecen peor que las canciones. Pero musicalmente el disco sigue funcionando por algo bastante concreto: debajo de todo el sarcasmo hay composiciones pop muy trabajadas, y debajo de las melodías aparentemente ligeras hay una sensación constante de incomodidad.
Es un álbum sobre sentirse fuera de lugar, pero no está construido desde la solemnidad. Hay humor, melodías pegadizas, guitarras brillantes y bastante mala leche. Esa mezcla —más que cualquier etiqueta de “obra maestra”— es lo que hace que The Queen Is Dead siga teniendo una personalidad tan reconocible.
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