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Entrevista a June of 44

En tierra firme

El mes de junio de 1944, una batalla naval narrada posteriormente por la pluma de Henry Miller sacudió las vidas de incontables familias norteamericanas. Medio siglo más tarde, desde un inhóspito sótano, cuatro marineros de agua dulce fraguaban una conspiración musical que le robaba el nombre a esa desdichada efeméride para ensalzar la memoria de sus respectivas abuelas —anónimas protagonistas de la guerra- con la única ayuda de un pentagrama.

En tierra de nadie (una novia en cada puerto)

En la música, y más genéricamente en el arte, hubo y habrá siempre proscritos. Creadores que -por razones a menudo difícilmente comprensibles- son rechazados sistemáticamente por un sector del público que no acaba de asimilar una propuesta demasiado alejada de la demanda estándar. Algunos por visionarios, por adelantarse a su tiempo. Otros, sencillamente por no comulgar con una determinada doctrina.

Han pasado tres álbumes desde que los restos de Rodan y las cenizas de Codeine se fundieran en un doloroso abrazo para dar lugar a lo que cariñosamente llegaría a conocerse como “la banda del barco”. Tres discos antes de que los de Southern empezaran a obtener reconocimiento masivo y a todos los niveles más allá de su indefinido hábitat. Tres ineludibles puntos de referencia de la música de su tiempo que June Of 44 firmaron con pulso firme, pero sin levantar excesiva polvareda. Condenados desde sus primeras apariciones en público a acarrear el peso del prefijo “post” (-rock, -hardcore), Doug Scharin, Sean Meadows, Jeff Mueller y Fred Erskine tuvieron que esperar cuatro largos inviernos sentados en el centro de esa (su) inestable tierra de nadie, cediendo el paso a una larga lista de imitadores de segunda y grupillos de tercera hasta ver como la plana mayor del hardcore -y en especial los abanderados del emo- se postraban a sus pies deshaciéndose en elogios. Y todo, se supone, por no ondear desde un principio la bandera correcta. Por no aliarse con quien debían.

“Es que somos una banda muy rara -admite Mueller-. Nunca hemos estado vinculados a ningún género específico: a veces somos rock muy tranquilo y emocional, otras, nuestros temas recrean ambientes electrónicos… Nos han etiquetado de diferentes maneras, pero no creo que ni lo de ‘rock progresivo’ ni ‘post-rock’ sirva para definir exactamente lo que hacemos. Lo que ocurre es que estamos muy interesados en el ambient electrónico y todo eso; experimentar en el estudio es algo que a todos nos encanta, y al final, el sonido que conseguimos es bastante inclasificable. El problema es que a veces nuestra primera impresión acerca de lo que estamos haciendo y lo que la gente percibe, no tienen nada que ver. No estamos relacionados con ningún público en concreto. No hacemos hardcore, ni electrónica, ni dub, ni rock alternativo; no acabamos de encajar en ninguno de estos sitios, aunque la respuesta de ese tipo de públicos sea bastante buena”.

 Abandonar el barco

Dicen que después de un largo período en alta mar, con aguas revueltas, vaivén constante y la sal pegada a tu piel desde que te levantas del catre, cualquier marinero cuerdo se muere por volver a pisar tierra. En 1997, nuestro cuarteto llevaba un buen tiempo (tal vez demasiado) subido a su velero, y las fuerzas empezaron a escasear. La solución era fácil. (Y se llama Four Great Points). Su última y más ambiciosa obra, que debería abrirles por fin las puertas de cuantas escenas se propusieran conquistar. Sensibilidad, tensiones contenidas, paisajes repletos de guitarras quejumbrosas y texturas debatiéndose entre lo dulce y lo amargo. Esa característica sonoridad que ya quedó bien patente en sus anteriores entregas (Engine Takes To The Water, Tropics And Meridians y el corto pero intenso Anathomy Of Sharks), aunque ligeramente replanteada -más improvisación, espíritu jazz- en este último trabajo, sigue siendo su mejor tarjeta de visita.

Al oír hablar de “arriesgada evolución”, Mueller asiente. Luego reflexiona: “No queremos estancarnos en los éxitos del pasado, eso sería la muerte de nuestra creatividad. De todos modos, el salto que puedes notar entre los últimos dos discos es algo normal; cada uno de nosotros vive muy alejado el uno del otro”(a eso alude el título del LP) “así que es perfectamente natural el hecho de que nuestra forma de hacer música cambie. Lo de incorporar nuevos instrumentos fue algo que simplemente se nos pasó por la cabeza. Lo probamos y funcionó. Nos pareció interesante añadir sonidos como el Moog o el violín a nuestros temas. Es una forma como cualquier otra de hacer que la banda progrese”.

Esas nuevas coordenadas, esos nuevos usos son la brújula que en adelante tendrá que guiarles. Four Great Points (1998) es el inicio de una nueva etapa vital. Sin barcos, sin tiburones ni sobredosis de referentes marítimos. El junio del 44 queda ya muy lejos.

Extraído de AbsolutZine nº4, mayo de 1998.

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