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Lean unos capítulos de “El Disco de Deva”

Se acerca el santo de nuestro patrón, Jordi Llansamà, y, como es tradición regalar literatura (con el tema de la rosa ya os apañaréis), hemos elegido un par de capítulos de uno de nuestros favoritos: El Disco de Deva, recientemente publicado por La Deva Editorial siguiendo los criterios del DIY.

Este libro habla de la música popular de ese país que no aparece en el mapa de las naciones históricas, pero también de las vidas que quedan excluidas de la historia general y, que al fin y al cabo, son las nuestras. En él veremos reflejada nuestra juventud o nuestra reciente madurez a través de la historia de cinco jóvenes llegados a Madrid desde diferentes puntos de la geografía cantábrica y con un especial retrato de las herencias de la Cuenca Minera Asturiana. Nada es aleatorio aquí, ni siquiera la multitud de referencias musicales que aparecen casi como si fuese name-dropping. Al final llegarás incluso a cuestionarte la autoría del texto, pero este es un misterio que dejaremos que resolváis vosotros. Aquí los capítulos, ¡disfrutadlos!


(…)

«Oye, Hermes, he dejado las cosas en la habitación de Félix porque la tuya parece Rentería, macho».

Hermes está sentado en el sofá y cuenta, seguramente por cuarta vez en media hora, cómo se ha roto el tobillo. Tiene cara de no saber bien si la lechuga hay que lavarla hoja por hoja o entera, pero sobre todo tiene cara de no saber cómo secarla. Adolf, que le está escuchando, tiene cara de haberse gastado todo el saldo del teléfono móvil y de que le queden dos asignaturas para terminar Industriales, además no deja de beber diminutos sorbos de cerveza que me irritan. El Mechi y Cayetana tienen ahora cara de estar comiendo un bocadillo de sopa porque están escuchando como Félix cuenta excitado que ha encontrado el single de Wipe Out Skaters muy barato y en buen estado. Yo le digo que mañana hay un concierto reunión de Rouse, Andanada 7 y Wipe Out Skaters aquí al lado de casa. Félix pone cara de estar resolviendo una integral de segundo grado y me dice que es imposible, que no se lo cree. Le digo que lo mire en Internet y se va al ordenador a buscarlo. Al lado de la mesa del ordenador están Pebels y Julia, que tienen cara de ser pareja que no se besa, aunque en realidad no son pareja pero sí que han follado alguna vez, y creo que incluso se han dado besos en la oreja. Prrrfff. En medio del salón están las cuatro personas que no conozco, aunque todos me suenan, tal vez de algún concierto, tal vez de alguna noche, tal vez del Fotolog. Por la pinta que tienen diría que es más probable que sean más colegas de Dobra que de Félix, lo que sí tengo claro es que no son colegas de Hermes. Los tres tíos desconocidos tienen cara de meter la ficha en el coche de choque para llegar al banco de la pista de los coches de choque donde está la tía que los escucha. La tía que los escucha tiene cara de llevar pasando la aspiradora un buen rato y de estar un poco hasta el coño de corroborar que los ácaros no se van a ir aunque ella no los vea. La tía me mira y pone los ojos en blanco por lo que interpreto que o bien los tíos a los que escucha son demasiado pesados, o bien los tíos a los que escucha son demasiado pesados y además ha sabido leer muy bien la situación para buscar mi complicidad sin que pareciese forzado. En definitiva, que si ese es su gesto, su táctica, su ice breaker… I’m all in. Soy el tío más fácil de la fiesta, y puede que del planeta.

(…)

En una escala del uno al diez dentro del legítimo coleccionista puede que yo siempre estuviera en un cinco, Kepa bajó del cinco al tres, Dobra siempre en un siete y Hermes del cuatro al cero con cinco. Para mí todo este mundo de coleccionistas insanos era un territorio sin colonizar, por explorar. Mismamente Kepa me aseguraba que una vez, su padre, en uno de sus innumerables viajes buscando discos por los Estados Unidos, le empezó a contar que esta especie de almacenes, subastas y anticuarios eran los asilos de la mercancía producida por los excesos del consumo cultural. Que eran los espacios donde esos objetos daban su último coletazo como productos simbólicos para acabar convertidos en simple basura de vertedero. Kepa se mofaba de su padre llamándole marxista pero a mí me afectaba, realmente me hacía pensar en que había gente ahí fuera que no solo compraba vinilos, sino que pensaba la vida en estos términos. Kepa también me contaba que su padre pensaba los discos en clave de procedencia y de destino. En cómo los discos que estaban apilados en cualquier cajón de un pueblo perdido de Tennessee habían acabado allí, de quién habían sido, cuál era la historia personal detrás de esos artefactos culturales. Y cómo era responsabilidad del comprador rescatar estos artefactos de este mundo insensible. A Kepa le daba un poco igual toda esta mística del vinilo, pero a Dobra y a mí, no. Dobra no decía nada pero actuaba, es decir, compraba teniendo en cuenta estas cosas aunque no lo dijera, puede que por vergüenza. Yo me quedaba embobado pensando en el disco de Eyehategod que tenía entre mis manos, que sabía que lo había comprado nuevo porque estaba sin abrir, pero que deseaba que hubiese pertenecido a una enfermera negra de Luisiana, o algo así, que se lo habría llevado de la casa de un joven paciente blanco con enfermedad terminal para que solamente escuchara música optimista en sus últimos días. O algo por el estilo. Y sabía que no tenía mucho sentido porque lo había comprado en la página del sello discográfico, pero es que me encantaba inventar estas cosas. Fantasear y contármelas a mí mismo. Después de todo yo también acabé comprando discos de segunda mano con una historia personal detrás. Aquello solo era el principio.

Invertía transcendentales cantidades de tiempo, energía y dinero en conseguir discos. Los colocaba tanto en mi habitación como en el salón para que todas aquellas personas que vinieran a casa tuvieran claro que los discos suponían una parte sustancial de mi identidad. Podía recordar cuándo y dónde había conseguido casi todas las piezas de mi colección y estoy seguro de que muy pocos conocidos o amigos podían recordar la noche en que se habían bajado su disco favorito. Me encantaba compartir mis discos con mis amigos, allí en el mítico salón o en mi habitación, hablando de datos arbitrarios de producción o de las letras del estribillo de una canción. Lo vivía, lo sentía y me gustaba compartirlo, aunque Kepa siempre me aconsejaba que no me flipara tanto, ¡que no era para tanto! Mis discos eran parte de lo que estaba comunicando al mundo y a mí mismo, ¿cómo no me iba a flipar? ¿Cómo no iba a ser para tanto? ¿Eh, Kepa?

 
 

(…)

El Mechi llega al adosado de su tío con dos maletas Umbro notablemente grandes que se agencia en la etapa que da patadas a un balón en un equipo de fútbol organizado, y pese a que las asas de ambas maletas estén revestidas de un algodón con una muy buena intención empresarial detrás, la evidente y molesta característica principal de ambas maletas sigue siendo la completa ausencia de ruedas. El Mechi entiende al ver el adosado por dentro y por fuera que su tío nunca quiera volver a casa de la abuela. El dormitorio que acondicionan para El Mechi tiene un tamaño similar al salón de la casa de la abuela. La luz que entra por la ventana de su nuevo dormitorio es la luz que entra por la de casa de su abuela justo cuando sale del portal de la casa de su abuela, justo cuando El Mechi sale a la calle. Que la cama de su nuevo dormitorio sea un canapé abatible no quiere decir que El Mechi esté obligado a guardar sus enseres ilegales en ella, pero desde luego es lo primero que sopesa. Que su tía le informe de que el baño que le enseña es de uso exclusivo para El Mechi tampoco quiere decir que pueda organizar macrofestivales de autocomplacencia sin cerrar el pestillo de la puerta, pero claro que lo piensa. Que la cocina tenga barra americana es algo que no le impresiona puesto que lo lleva viendo demasiado tiempo en Friends, pero que el frigorífico tenga tanto el gris metálico como las dimensiones de las puertas de las cámaras acorazadas de los bancos que ve en las películas de atracos es algo que le conmueve. Que la televisión del salón sea enorme es algo que ya predice con solo ver la televisión de su propio dormitorio, pero que el imponente y confortabilísimo sofá chaise longue del salón también disponga de un arcón abatible es algo que le pilla totalmente por sorpresa y que le obliga a pensar ya por fin que su tío vende mucha más droga que la que El Mechi pueda vender, y lo que es mucho mejor, que la tiene escondida por todo el adosado.

Que El Mechi compruebe si el armario de su habitación tiene doble fondo es algo que cualquiera podría esperar.

(…)

Todos los oyentes sentirán las certidumbres de tu obra.

La crónica de tu memoria.

La música popular de ese país que no aparece en el mapa de las naciones históricas.

El ruido del derrumbamiento de toda épica nacional levantada sobre cualquier modelo ideal de Grecia o de Roma.

Extraído de El Disco De Deva, escrito por Dobra Abella, Kepa O’Connor y Félix Prendes.
Disponible en BCStore y La Deva Editorial.
415 pgs. / 14×21 cm / Rústica
Narrativa Contemporánea
PVP: 12 €
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