Description
Con el primer disco de Le Tigre pasa algo parecido a esas bandas que aparecen en el momento justo y consiguen sonar a muchas cosas a la vez sin parecer una suma de influencias. Escucharlo hoy sigue siendo bastante sorprendente, porque lo que en 1999 sonaba marciano —esa mezcla de punk, cajas de ritmos, samples baratos, consignas políticas y melodías casi de pop infantil— sigue teniendo una frescura que muchos discos “modernos” no han conseguido.
Venir de Bikini Kill hacía fácil pensar que Le Tigre sería una continuación lógica del riot grrrl más crudo. Pero no. Aquí Kathleen Hanna coge toda esa rabia y la mete en una fiesta rara. Como si en vez de montar una barricada, decidieran ocupar la pista de baile. Y ahí está la gracia: el disco nunca pierde discurso, pero tampoco renuncia a ser divertido. Da la sensación de que entendieron algo muy simple y muy potente: a veces el mensaje entra mejor si antes te hacen bailar.
Temas como Deceptacon o Hot Topic siguen siendo himnos porque no se parecen a casi nada de su época. Son canciones construidas con retales: un riff mínimo, una caja de ritmos de juguete, voces medio gritadas y un caos perfectamente calculado. Todo parece a punto de desmontarse, pero nunca se cae. Y esa precariedad sonora, casi de collage casero, es parte de su encanto. Suena a fanzine fotocopiado, a pegatina en una farola, a cinta grabada que alguien te pasa después de un concierto.
También tiene mucho de eso que pasaba con algunos discos a finales de los 90: que parecían pequeños cuando salieron y con el tiempo acabaron siendo enormes. Mucha gente lo descubrió por una canción suelta o por la figura de Kathleen, pero cuando vuelves al álbum entero te das cuenta de que no era solo un par de hits alternativos; era una manera muy concreta de mezclar activismo, arte y cultura pop sin ponerse solemnes. Sigue siendo uno de esos discos que, 25 años después, mantiene intacta la capacidad de sonar divertido y combativo al mismo tiempo.
A mí siempre me ha gustado pensar que este disco funciona como una especie de puente. Une la ética DIY del punk más underground con esa idea de que la electrónica también podía ser política, ruidosa y hecha desde la precariedad. No busca sonar perfecto. Busca agitar. Y por eso envejece tan bien. Porque no depende de la producción ni de la moda del momento: depende de una actitud. Y esa sigue siendo contagiosa.





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