Description
En 2008, Tigers Jaw todavía no eran una de esas bandas que aparecen en todas las camisetas del emo revival. Eran cinco chavales de Scranton, Pennsylvania, haciendo canciones de guitarras nerviosas, melodías tristes y una cantidad bastante saludable de ruido. Este Tigers Jaw, publicado originalmente por Prison Jazz, es el disco de una banda que todavía está descubriendo qué coño quiere hacer, y precisamente por eso funciona tan bien. No hay una gran declaración de principios. Hay canciones.
“The Sun” abre el disco con la fórmula que acabarán perfeccionando: guitarras que parecen alegres durante unos segundos y enseguida revelan que debajo hay bastante mierda emocional. Ben Walsh canta con esa mezcla de desgana y vulnerabilidad que encaja perfectamente con unas canciones que nunca necesitan ponerse dramáticas. La banda alterna electricidad, melodía y momentos casi íntimos sin hacer demasiado ruido sobre sus propias intenciones.
“Plane Vs. Tank Vs. Submarine” es probablemente el golpe más inmediato. Dos minutos de guitarras aceleradas, batería directa y una melodía que se queda atrapada en la cabeza. Aquí está ya buena parte del futuro del emo de los siguientes años: canciones cortas, guitarras grandes, letras personales y la capacidad de sonar triste sin convertir la tristeza en una profesión.
Pero Tigers Jaw no son solamente otra banda de emo con distorsión. “I Saw Water” tiene algo mucho más melódico y luminoso, mientras “Chemicals” se toma cuatro minutos para construir una canción más atmosférica. Hay una dinámica constante entre lo urgente y lo contemplativo. Cuando aceleran, no parecen una banda hardcore intentando tocar pop; cuando bajan las revoluciones, tampoco abandonan del todo la electricidad. Todo permanece ligeramente áspero.
Y entonces aparece “Between Your Band and the Other Band”, que resume bastante bien la mentalidad del grupo. No hay épica. Hay relaciones, escenas pequeñas, amistades, inseguridades y esa sensación tan adolescente de que cualquier conversación puede convertirse en un problema gigantesco. Las letras hablan de crecer, de la muerte, de la amistad y de no saber demasiado bien qué hacer con uno mismo, pero lo hacen sin la solemnidad que después acabaría contaminando buena parte del género.
“Heat” vuelve a aparecer como una canción más nerviosa y directa, y no es casualidad que junto a “The Sun” y “Meals on Wheels” proceda de material ya presente en Belongs to the Dead. En esta nueva grabación esas canciones quedan integradas en un sonido más definido, aunque el disco conserva esa sensación de banda joven tocando en una habitación demasiado pequeña. “Meals on Wheels”, con apenas un minuto y medio, entra y sale sin pedir permiso.
La gracia de Tigers Jaw está precisamente en sus imperfecciones. Hay momentos en los que la banda parece estar a punto de encontrar una canción perfecta y decide no pulirla demasiado. Las guitarras tienen grano, las voces no buscan una interpretación espectacular y las estructuras son suficientemente sencillas como para que todo dependa de la melodía. Es indie rock, emo y pop-punk, pero también es simplemente una banda intentando hacer que sus canciones suenen como las canciones que tienen dentro de la cabeza.
“Arms Across America” y “Never Saw It Coming” cierran el disco sin necesidad de convertirlo en una gran conclusión. Para entonces ya conoces el mecanismo: guitarras que se cruzan, melodías melancólicas, cambios de intensidad y una voz que parece estar siempre a medio camino entre cantar y pensar en voz alta. Treinta minutos después, la sensación no es la de haber escuchado una obra monumental. Es la de haber descubierto una banda que todavía tiene muchísimo margen para crecer.
Y crecerían. Two Worlds, Charmer, Spin y todo lo que vino después demostrarían que Tigers Jaw tenían bastante más recorrido. Pero hay algo en este primer Tigers Jaw que se pierde cuando una banda aprende demasiado bien su oficio: la sensación de estar haciendo algo sin saber todavía hasta dónde puede llegar.
No es un disco perfecto ni necesita serlo. Es más interesante que eso. Es joven, melancólico, ruidoso cuando toca y sorprendentemente pegadizo. Emo sin maquillaje, indie rock con los amplificadores encendidos y diez canciones que todavía suenan como si alguien las hubiera escrito porque no sabía qué otra cosa hacer. Y probablemente esa sea la mejor razón para escuchar un disco de Tigers Jaw.





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