Description
En 2000 el nu metal estaba convertido en una caricatura de sí mismo. Gorras, pantalones enormes, riffs de afinación grave y tipos enfadados haciendo gimnasia emocional delante de una cámara. Y entonces Deftones hicieron White Pony. No abandonaron la rabia, pero dejaron de estar interesados en demostrarla. En lugar de sonar más grandes, decidieron sonar más raros. En lugar de apretar el acelerador, empezaron a jugar con el espacio. El resultado fue un disco pesado, sensual, melancólico y bastante más peligroso que casi todo lo que estaba ocurriendo alrededor.
White Pony es el tercer LP de Deftones y también el momento en que la banda deja de ser fácilmente clasificable. Stephen Carpenter sigue lanzando riffs enormes, Abe Cunningham toca con una precisión brutal y Chi Cheng mantiene todo anclado al suelo, pero encima de esa maquinaria Chino Moreno empieza a cantar de otra manera. Grita cuando tiene que gritar, sí, pero también susurra, canta, respira y deja frases suspendidas en el aire. Frank Delgado, además, convierte los samples y teclados en parte fundamental del sonido. Ya no son simplemente una banda de metal con electrónica alrededor. La electrónica está dentro de las canciones.
“Feiticeira” abre el disco como si alguien estuviera encendiendo las luces de una habitación donde preferirías no entrar. El riff es pesado, pero la canción avanza con una elegancia extraña. No hay el típico golpe de nu metal de la época. Todo está más contenido. Más sexual. Más oscuro. Y cuando llega “Digital Bath”, Deftones directamente dejan claro que han cambiado las reglas. La canción es hermosa y perturbadora al mismo tiempo: guitarras limpias, una atmósfera casi shoegaze y una letra que convierte una fantasía violenta en algo casi romántico. Esa contradicción es el centro del disco.
“Elite” es la hostia que muchos esperaban. Rápida, brutal, con Carpenter soltando uno de sus riffs más agresivos y Moreno entrando en modo demolición. Pero dura apenas cuatro minutos y, cuando termina, llega “Rx Queen”, que parece existir en otro universo. Bajo pesado, ritmo hipnótico, electrónica y una melodía casi narcótica. Deftones empiezan a demostrar que no necesitan escoger entre ser una banda de metal o una banda atmosférica. Pueden ser las dos cosas en la misma canción.
Y entonces llega “Street Carp”, con esa guitarra que parece una alarma, y después “Teenager”. Esta última es probablemente el momento más sorprendente del álbum. Casi no parece una canción de Deftones: caja de ritmos, samples, guitarra acústica y una interpretación frágil de Chino. Es triste sin intentar parecer triste. No hay grandes explosiones. Solo una sensación de distancia, como si la canción estuviera recordando algo que ya no puede recuperar.
“Knife Prty” vuelve a meter el cuerpo en la ecuación. Ritmo pesado, guitarra abrasiva y una melodía que podría haber pertenecido a una canción pop si Deftones no hubieran decidido deformarla hasta convertirla en algo oscuro. Y cuando entra la voz de Rodleen Getsic, todo se vuelve todavía más extraño. No es un añadido decorativo: es otro cuerpo dentro de la canción, otra textura que hace que el tema parezca estar a punto de romperse.
“Passenger”, con Maynard James Keenan, es el gran monstruo del disco. Dos voces, una guitarra gigantesca y una dinámica que va creciendo lentamente hasta convertirse en una especie de viaje psicodélico-metalero. Lo interesante es que Keenan no roba protagonismo a Moreno. Las dos voces se complementan porque pertenecen a dos mundos distintos: una más terrenal, otra más espectral. Terry Date consigue que todo tenga espacio y que cada golpe parezca enorme sin convertir la canción en una simple exhibición de producción.
“Change (In the House of Flies)” es probablemente el corazón del disco. Empieza casi sin hacer ruido y construye la tensión poco a poco. La canción habla de transformación, deseo y pérdida de identidad, pero lo hace sin explicar demasiado. Chino canta como si estuviera demasiado cerca del micrófono y demasiado lejos de todo lo demás. La guitarra entra lentamente, la batería mantiene el pulso y todo termina convirtiéndose en una canción de amor bastante jodida. Es uno de esos temas en los que Deftones consiguen sonar enormes sin levantar demasiado la voz.
“Pink Maggit” cierra el álbum con ocho minutos de oscuridad. No hay final explosivo. Hay acumulación. La canción avanza lentamente, como si estuviera recogiendo todos los restos del disco. Guitarras pesadas, voces dobladas, tensión y una especie de tristeza que no termina de resolverse. Después, en Deftones y especialmente en “Back to School (Mini Maggit)”, la banda volvería sobre esta canción, pero aquí funciona como lo que es: un cierre extraño para un disco que nunca quiso terminar de explicarse.
La producción de Terry Date es fundamental porque entiende que el peso no siempre viene de tocar más fuerte. Las guitarras tienen profundidad, la batería respira y las voces pueden pasar de estar casi desnudas a convertirse en un grito monstruoso. Todo está medido, pero nunca parece demasiado limpio. Hay suciedad, aire y espacios vacíos. Y esos espacios son tan importantes como los riffs.
White Pony envejeció mejor que casi todo lo que se etiquetó como nu metal porque nunca estuvo realmente interesado en el nu metal. Deftones cogieron el metal, el hardcore, el shoegaze, el post-punk, la electrónica y el pop y decidieron que podían convivir sin pedir permiso. Lo hicieron además hablando de sexo, violencia, deseo, drogas, aislamiento y transformación sin convertir las letras en un manual de instrucciones.
No es el disco más pesado de Deftones. Es algo más peligroso: el que descubrió que podían hacer casi cualquier cosa. White Pony es músculo y niebla, violencia y belleza, deseo y paranoia. Un disco que no necesita demostrar que es oscuro porque simplemente apaga las luces y te deja dentro.





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